Al transformarse en un Distrito Regional de Manejo Integrado (DRMI), que abarca 29.635 hectáreas de Risaralda, esta enorme porción de biodiversidad se consolida como escenario vital para enlazar los Andes Tropicales con el Chocó Biogeográfico —dos de las regiones más biodiversas del planeta— y conectar ecosistemas de ese departamento con algunos de Antioquia y el Valle del Cauca. En Pereira, y durante un evento público, mañana se mostrarán avances de su Plan de Manejo, orientado a equilibrar desarrollo social con conservación de la biodiversidad.
Foto: Gílder E. González / WCS Colombia
En un país que pierde bosques a un ritmo alarmante —72.409 hectáreas durante 2025, principalmente en la Amazonia; un 6 por ciento más que en 2024, según el Ideam—, debido, entre otras causas, a la expansión de la ganadería, la construcción de vías ilegales y el acaparamiento de tierras en zonas que deberían estar destinadas a la conservación, aún existen territorios capaces de recordarle a Colombia lo que está a tiempo de salvar.
Uno de ellos se extiende entre las montañas de Risaralda. Se llama Distrito Regional de Manejo Integrado (DRMI) La Cuchilla del San Juan. Y, en medio de esas cifras que reflejan daños difícilmente reparables, esta área protegida comienza hoy a consolidarse como un enclave ambiental de enorme importancia para el país.
Allí, entre bosques de niebla, selvas andinas y corredores biológicos, la vida todavía se reproduce con una intensidad inusual. Tanto, que no sería exagerado llamarlo un hotspot o punto caliente de biodiversidad: un territorio excepcionalmente rico y único en vida silvestre, pero también vulnerable a presiones humanas, cuya conservación es prioritaria a nivel global.
Este corredor natural conecta los Andes Tropicales con el Chocó Biogeográfico —dos de las regiones más biodiversas del planeta— al enlazar ecosistemas de Chocó, Risaralda, Antioquia y Valle del Cauca. Además, se articula con otras áreas protegidas estratégicas, como el DRMI Cuchilla Jardín Támesis, la reserva forestal Farallones del Citará y el Parque Nacional Natural Tatamá.
Una vida alrededor del bosque
La magnitud biológica del territorio empieza a reflejarse con cifras. Hasta ahora, han sido registradas 640 especies de aves, entre ellas la tangara aurinegra (Bangsia melanochlamys) y la bangsia de Tatamá (Bangsia aureocincta); 64 especies de mamíferos, incluidos el puma (Puma concolor) y el oso andino (Tremarctos ornatus); además de decenas de artrópodos y especies vegetales únicas. Al menos 116 especies identificadas allí son endémicas, es decir, no se ven en ningún otro lugar del mundo.
Foto: Gílder E. González / WCS Colombia
Pero el valor de La Cuchilla del San Juan no reside únicamente en su biodiversidad. En este territorio conviven comunidades campesinas e indígenas de Apía, Belén de Umbría, Pueblo Rico y Mistrató (situados en el centro y norte de Risaralda), que durante décadas han construido su vida alrededor del bosque, el agua y las montañas y han sobrevivido de actividades económicas sensibles como el cultivo de café.
Por eso, la consolidación del DRMI no solo representa un esfuerzo de conservación ambiental, sino un intento por construir un modelo donde proteger los recursos biológicos no signifique desplazar a quienes históricamente han habitado el territorio.
Ese será precisamente uno de los ejes del encuentro que se realizará mañana, 27 de mayo, en el Hotel Sonesta, de Pereira, desde las 10 de la mañana aproximadamente, donde representantes de las comunidades, de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (CARDER), de la Federación Comunitaria para el Manejo de las Áreas Protegidas en Risaralda (Fecomar), WCS Colombia y el Instituto Alexander von Humboldt presentarán los avances del Plan de Manejo diseñado para el DRMI —con vigencia entre 2025 y 2029— y discutirán los desafíos futuros para la conservación de este corredor ecológico.
Por unas fincas soñadas
Desde la creación del área protegida en 2011 y su ampliación en 2023 —que elevó su extensión a 29.635 hectáreas— comenzó un proceso complejo: definir reglas para conservar la biodiversidad, mientras se fortalecen alternativas económicas sostenibles y se reducen amenazas como la deforestación, la ganadería extensiva y la transformación del paisaje.
Foto: Gílder E. González / WCS Colombia
Manuel Rodríguez, líder de Paisajes Andes-Chocó de WCS Colombia, asegura que uno de los avances más relevantes ha sido el fortalecimiento de las capacidades comunitarias mediante procesos de formación, en lo que se ha denominado Escuela Territorial.
La estrategia incluye el uso de tecnologías como la Herramienta de Monitoreo e Información Espacial (SMART), que ayuda a recopilar y analizar datos para la toma de decisiones de conservación. A esto se suma la instalación de cámaras trampa y el monitoreo comunitario de especies, en medio de una estrategia de educación ambiental, explica Manuel Rodríguez.
—Las comunidades han comenzado a apropiarse de la conservación desde el conocimiento de su propio territorio—, agrega Rodríguez.
Él señala que a lo anterior se ha sumado un protocolo de prevención (conocimiento del área protegida), vigilancia (recolección de información sobre presiones, como la ganadería extensiva y los cultivos de aguacate) y control, basado en el diálogo entre los habitantes y la autoridad ambiental. Además, se ha fortalecido el impulso a sistemas productivos sostenibles que buscan mejorar la infraestructura de los predios, en procura de alcanzar “la finca soñada”.
Lorena Jaramillo, integrante del equipo técnico de Fecomar, explicó que para este caso se han consolidado al menos 80 acuerdos sociales de conservación, mediante los cuales los propietarios de predios se comprometen a preservar el entorno, apoyar el monitoreo liderado por la Escuela Territorial y proteger las especies.
A cambio, reciben dos tipos de asistencia: una de ellas se denomina ‘medios de vida’ o para el bienestar productivo, social o ambiental, y propone mejorar el estado de las viviendas del predio, con obras que pueden ir dirigidas a mejorar una cocina, acondicionar una habitación, construir un beneficiadero para el manejo del café o la dotación de herramientas. Incluso, mejorar un cultivo.
La otra acción, definida como ‘implementaciones de coexistencia’,—cuenta Lorena— hace referencia a la construcción de cercados eléctricos con paneles solares, corrales ganaderos y gallineros antidepredatorios, para disminuir los conflictos entre animales domésticos y de producción, con ejemplares de la fauna silvestre, especialmente murciélagos, pumas o aves rapaces como las águilas crestadas (Spizaetus tyrannus, S. melanoleucus, S. ornatus y S. isidori).
La CARDER ha explicado que ese trabajo para convivir en paz con la fauna ha implicado un acompañamiento técnico y operativo, con el que se busca resolver conflictos socioambientales y fortalecer las capacidades instaladas de las comunidades. WCS Colombia, el Instituto Humboldt y Fecomar han asumido, al mismo tiempo, la responsabilidad de aportar conocimiento técnico, apoyo logístico y administrativo, además de fomentar la generación de información para la conservación.
Raúl Cuartas, habitante de la vereda La Línea, en Apía, firmó uno de esos acuerdos. Su mensaje resume el trasfondo de todo el proyecto.
—Vale la pena seguir adelante con nuestros bosques, sembrar más y cuidar el agua; sin agua no somos nada—expresó.
Más confianza entre las comunidades
Styven Herrera Villarraga, profesional especializado de la Subdirección de Gestión Ambiental Territorial de la CARDER, cuenta que los acuerdos también han sido una herramienta a través de la cual las instituciones que han estado al frente del DRMI ganaron la suficiente confianza con los pobladores.
—Los residentes han visto avances y asesorías con las que han entendido que no cazar y reforestar, por mencionar dos ejemplos, pueden representar un beneficio. Y con esto han comenzado a confiar y a confirmar que la creación del área no representa un obstáculo, sino una oportunidad para mejorar su calidad de vida.
En medio de ese relacionamiento con la gente, se han desarrollado, paralelamente, investigaciones científicas que comenzaron a revelar hallazgos notorios. Parcelas instaladas en bosques primarios y secundarios permitieron identificar cientos de árboles pertenecientes a decenas de familias botánicas, además de procesos de regeneración natural.
Entre los descubrimientos más importantes figura la presencia de Magnolia espinalii, una planta endémica de Colombia catalogada En Peligro Crítico de extinción.
Entre otras cosas, los estudios evidenciaron que las comunidades mantienen una relación estrecha con el bosque y continúan utilizando numerosas especies forestales con fines medicinales, alimenticios, artesanales y culturales. También, para apoyar y darle buena forma al ecoturismo, una actividad que según reiteró Lorena Jaramillo, ha recibido un impulso con el apoyo logístico a organizaciones de base que ya estaban trabajando con recorridos guiados o la atención a visitantes interesados en conocer aves y otras especies típicas del área, a lo que se ha sumado el asesoramiento a familias que comenzaron de cero en su intención de transformarse, en un tiempo, en operadores turísticos.
Foto: Gílder E. González / WCS Colombia
Como Pedro Hurtado, en la vereda Mampay, de Mistrató, quien con la gestión institucional dentro del DRMI pudo acondicionar una parte de su casa para recibir visitantes y ofrecerles recorridos guiados. A Pedro le ayuda su hija María Andrea, quien se prepara como guía con el SENA, y su nieto de 11 años, Styven, quien acompaña a las personas a ‘pajarear’ y a identificar las especies más conocidas. Su esposa también se ha unido al equipo; ella ya es consciente de que por los alrededores de su casa deambulan venados y otros animales, que fueron captados a través de cámaras trampa. Entre todos, además de caminatas por algo más de 20 kilómetros de senderos, también ofrecen una salida casi obligada a conocer la cascada del Sutú, una de las caídas de agua más altas de Risaralda.
—Hasta ahora estamos comenzando, pero yo le tengo puesta toda la fe a este proyecto. Me encanta que, además, puedo trabajar con mi familia, en mi territorio y apoyarme con mis vecinos—, opina Pedro.
Dos adelantados a su tiempo
Ese conocimiento tradicional, ecológico y que busca enseñar el valor de la naturaleza al turismo nacional o extranjero ha ganado mucho terreno y comienza a ser visto como una herramienta fundamental para garantizar la estabilidad del territorio.
—Hemos analizado que uno de los siguientes pasos que debemos dar, desde el punto de vista de la CARDER, será diseñar o poner en marcha mecanismos de financiación, para que el habitante del DRMI pueda generar ingresos suficientes, sin la presencia obligatoria de la corporación o de otras entidades que siempre tendrán recursos económicos limitados. Esto sería dar un gran paso hacia esa sostenibilidad que siempre hemos tratado de consolidar— agregó Styven Herrera.
Foto: Gílder E. González / WCS Colombia
Es por todo lo anterior que ahora no resulta insólito que, hacia los años 80, los naturalistas neerlandeses Thomas van der Hammen y Arend Job de Wilde, como adelantados a su tiempo, ya hubieran advertido la necesidad de proteger legalmente esta región por su ubicación estratégica y su enorme riqueza. Parte de aquella alerta empieza hoy a transformarse en realidad y en un empeño que avanza adecuadamente en el intento de la región por ser un referente de conservación, que tiene en cuenta el desarrollo rural y la participación comunitaria.
Quedan desafíos, como fortalecer corredores ecológicos con Tatamá, restaurar áreas degradadas, impulsar energías alternativas y consolidar modelos productivos sostenibles. Pero, en medio de un país donde la naturaleza suele llegar tarde a las prioridades nacionales, La Cuchilla del San Juan ya logró algo decisivo: convertirse en uno de los territorios clave dentro del mapa de la conservación nacional. Es un lugar que sobrevivió durante años apartado y casi oculto, pero que hoy Colombia empieza a nombrar como imprescindible para su futuro ambiental. *