Como integrantes de seis asociaciones de Barrancabermeja y Puerto Parra, en el Magdalena Medio santandereano, ellos lideran un programa de liberación de individuos de Podocnemis lewyana o tortuga de río, que suelen ser capturados incidentalmente durante actividades de pesca. A lo largo de sus jornadas, cada ejemplar que cae en sus redes es medido, marcado y devuelto al agua. De paso, están acumulando información sobre la especie. De esta forma, son pescadores que se convierten en centinelas de una especie emblemática de la región, catalogada En Peligro Crítico de extinción.
Foto: Jhonattan Vanegas
Por Javier Silva
Luis Carlos Vera tiene motivos para presumir: durante estos tiempos en los que se atenta contra la fauna silvestre y los bosques, él se dedica, por momentos, a salvar a una tortuga que siempre ha sido emblemática del Magdalena Medio. Se trata de la Podocnemis lewyana, que se destaca por una particularidad trascendental: es endémica de Colombia, es decir, no se ve en otro lugar del mundo.
Hace unos días, al atardecer, cuando había completado una jornada de pesca de casi 12 horas en el río Magdalena, muy cerca de Bocas del Carare, vereda de Puerto Parra (Santander), Luis Carlos pudo liberar ocho ejemplares del reptil que, en medio del fragor de la faena, cayeron accidentalmente en sus redes.
Dijo estar agotado tras lidiar con el sol, las atarrayas, remontar algunas ciénagas y luchar por capturar los bagres necesarios para conseguir una buena recompensa económica. Pero, al mismo tiempo, estaba orgulloso y reconciliado con su oficio.
Históricamente, algunos pescadores que atrapan tortugas de río suelen llevarlas a casa para cocinarlas o venderlas. Es una práctica asociada a la costumbre y, en algunos casos, a la necesidad de subsistir.
Luis Carlos, por el contrario, ahora las revisa, mide sus caparazones, las marca y las devuelve al caudal.
Se trata de un ejercicio en el que él asume otro rol: el de monitor comunitario. Aporta su experiencia local a un proceso que, además de permitir el monitoreo de la especie, tiene, como propósito principal, proteger las tortugas capturadas incidentalmente, liberarlas y reducir así el impacto sobre sus poblaciones.
—El ejercicio de liberación de individuos no es en esencia un monitoreo. Tiene dos objetivos prioritarios: el primero es esa liberación de tortugas capturadas incidentalmente, que es la labor que reduce la presión sobre la especie. El segundo gran objetivo, derivado del primero, es el monitoreo de esta actividad—, explica Germán Forero, director científico de WCS Colombia.
Una especie en peligro crítico
La tortuga de río está catalogada En Peligro Crítico de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que la ubica en esa categoría porque sus poblaciones se han reducido en un 80 %.
Foto: Jhonattan Vanegas
En su área de distribución sobre la cuenca del Magdalena —que incluye afluentes como el San Jorge— y en ríos de la cuenca del Caribe, como el Sinú, enfrenta una insostenible explotación comercial. Muchas personas no solo comen sus huevos. En Semana Santa, especialmente, también consumen su carne.
Además, la tortuga sufre la degradación ambiental de su hábitat, especialmente por el secamiento de sectores de algunas ciénagas para introducir cultivos de palma y por la contaminación de estos ecosistemas por vertimientos industriales.
Asociaciones cada vez más activas
Por eso, el trabajo de Luis Carlos, asesorado por el Proyecto Vida Silvestre (PVS)* y Turtle Survival Alliance (TSA), se ha vuelto una luz muy brillante en medio de la crisis. Con él están trabajando actualmente, y en total, 140 pescadores.
Yelsin Salgado, profesional del PVS, dice que el entusiasmo por la protección ha aumentado con el tiempo en la región. En 2023, 53 integrantes de tres asociaciones comenzaron con el monitoreo.
Ahora, son seis las asociaciones involucradas: en Barrancabermeja figuran Asodesba, Apacco, Asopezgrum y Pezcomagda; en Bocas del Carare, Asopesbocar; y en el corregimiento de San Rafael de Chucurí, Asopezchucurí.
Foto: Óscar Caro / Asopezchucurí
El ejercicio dio sus primeros pasos a finales de 2022, cuando se ejecutó un diagnóstico de la relación de la población con la especie. Con esos datos, la actuación de los monitores comunitarios tuvo su primera experiencia entre enero y julio de 2023; luego se extendió entre marzo y septiembre de 2024. Un tercer momento comenzó en marzo de 2026 y se prolonga hasta la actualidad.
En las jornadas, los pescadores marcan cada tortuga que cae en sus redes. A Asopesbocar, asociación a la que pertenece Luis Carlos, le corresponde un círculo blanco (también se usa un botón del mismo color que se pega al caparazón). Asodesba usa un cuadrado rojo (o un botón rojo); y Asopezchucurí, un triángulo azul (o un botón azul). Existen otras marcas: un rombo verde (Apacco), un rectángulo gris (Asopezgrum) y un trapecio negro (Pezcomagda).
Los pescadores deben anotar o recordar la fecha del encuentro y el sitio, si la tortuga es macho o hembra, el arte de pesca que se estaba utilizando en el momento de la captura y las horas empleadas en la jornada. Antes de marcarla y liberarla, miden la longitud del caparazón curvo.
Como hay pescadores que no saben leer ni escribir, todos, sin excepción, son apoyados por monitoras que, al terminar el día, recogen los datos de quienes no pueden redactarlos.
Algunas de ellas transcriben lo que otros pescadores escriben, porque a veces esa información llega confusa o desordenada, debido a la exigencia física de las faenas, que transcurren bajo el sol, la lluvia o entre capturas de peces de distintos tamaños. Las monitoras también reciben oralmente las cifras de quienes no alcanzaron a anotarlas y las dictan de memoria.
Todo esto es un proceso que, además de permitir la recolección de datos y la integración de pescadores empeñados en una causa, envía un mensaje directo a las comunidades sobre la necesidad de valorar y tomar control de sus recursos, principalmente ahora que la región, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), comenzaría a soportar los primeros efectos del fenómeno de El Niño, que en Colombia causa una disminución drástica de las lluvias.
Luis Carlos dice que las tortugas son más visibles cuando el caudal está en niveles bajos o intermedios —como ahora—, momento en el que muchos pescadores en Barrancabermeja están teniendo que arrastrar sus canoas para llegar al río Magdalena, pues el agua ya no alcanza sus orillas. Las ciénagas enfrentan una situación similar; una de ellas, El Llanito, está casi seca en algunas zonas.
—Ver esto nos ha ayudado a ser cada vez más conscientes y a llamar la atención de muchas personas, que están reaccionando y copiando lo que hacemos —dice Luis Carlos.
La información recolectada por los pescadores, como un beneficio adicional del ejercicio, también ha servido para que los profesionales del PVS conozcan mejor la especie y orienten el trabajo de conservación.
Reproducción activa
—Poco a poco, en el Magdalena Medio, la tortuga deja de verse como un objeto de consumo o una excusa para ganar ese dinero que, incluso, a veces ni siquiera se obtiene con la pesca tradicional de bagres. Se está convirtiendo, entonces, en una herramienta para fomentar la conservación —opina Yelsin.
Leonor Valenzuela, coordinadora de Análisis y Síntesis de WCS, cuenta, por su parte, que han conocido casos de pescadores que compran tortugas de río capturadas, para luego liberarlas.
—Evitar el consumo es un cambio evidente que se ha extendido con rapidez y se ha consolidado por la participación activa y la transmisión del conocimiento entre las comunidades —comenta.
Ella añade que entre 2023 y 2024 se lograron 232 registros, entre los que se reportaron 130 hembras. El caparazón curvo de 28 de ellas tenía más de 40 centímetros de largo, lo que indica que eran adultas.
Foto: Óscar Caro / Asopezchucurí
Durante el 2026, se han alcanzado 251 registros de tortugas, 249 de las cuales fueron capturadas incidentalmente y devueltas al río. De ese total, 100 corresponden a juveniles, 81 a machos y 68 a hembras.
—Esa presencia de juveniles es para celebrar, porque indica que la reproducción está activa —explica Leonor.
El análisis de los datos ha permitido conocer otros detalles. Por ejemplo, ya se sabe cuáles son las artes de pesca que causan más capturas incidentales de tortugas. Algunas son la “rastrera”, una red de 5 arrobas de peso (aprox. 56 kilos) y casi 8 metros de largo; la “pastelera o pesada” (una malla de 64 metros de largo por 8 metros de ancho, usada para capturar peces grandes) y las atarrayas.
Esto podría orientar la regulación del uso de ciertas herramientas en determinados lugares o hábitats, según las condiciones hídricas del Magdalena.
Y se pudieron depurar los sitios más frecuentados por la Podocnemis lewyana, y que a su vez suelen recorrer los pescadores: entre ellos figuran La Castilla-La Ganadera, Rincón El Clavo, Rincón de las Montoyas, El Guayabo, Los Morros, Caño Rúber y La Caimanera. Son lugares donde muchas de las redes que alguna vez pudieron ser una amenaza, se han transformado ahora en una herramienta para proteger a estos reptiles únicos.
Y por eso ya sabemos que, si Luis Carlos y los demás monitores siguen recorriendo el Magdalena, esas tortugas tendrán cada vez más posibilidades de encontrarse con pescadores que, además de vivir del río, se han convertido en sus más entrañables centinelas.
*El Proyecto Vida Silvestre, iniciativa liderada por Ecopetrol, Fondo Acción y WCS Colombia, trabaja por la conservación de 15 especies (doce de fauna y tres de flora). Lo hace en tres paisajes: los Llanos Orientales, el Magdalena Medio y el piedemonte Andino-Amazónico (Putumayo).