En las montañas del Amoyá

EJEMPLO ADAPTATIVO


Abundantes poblaciones de estas plantas se distribuyen a lo largo de este mundo natural que pertenece a una mínima parte del techo de la Cordillera Central. Ellos, los frailejones, son un maravillosa muestra de la capacidad que tienen las especies vegetales para resistir, por mencionar solo un caso, los embistes de las extremas temperaturas que hielan o abrasan a estas encumbradas latitudes de Colombia.


ESPEJOS DE AGUA

Hay, aquí, muchas lagunas como esta. Ellas, silenciosas, suman y suman vida a las silvestres y frías cabeceras del río Amoyá. A estos cristalinos espejos hídricos los nutren y los mantienen, casi de forma imperceptible, pequeños riachuelos que se descuelgan por en medio de empinadas laderas, todas vestidas de prístina vegetación.


LOS COLORES DE LA MONTAÑA


En los meses de invierno, cuando estas lomas soportan lluvias y aguaceros que parecieran tener como fuente a la infinitud, tanto páramos como bosques dibujan coloridas formas propias de la vida andina. Ejemplo de ello es la flor de esta orquídea, cuya presencia nos sorprendió muy cerca de los 3300 metros de altura sobre el nivel del mar.


LA LLUVIA HORIZONTAL

Visitante frecuente de estas montañas, la niebla, con su humedad, es asaltada por las plantas, los musgos y los líquenes. Luego, lentamente, ellos dejan escurrir los excesos para que, poco a poco, y sin prisa, vayan saturando el suelo y propiciando el surgimiento de pequeños chorros que corren con fuerza,  y llevando vida, hacia las partes bajas.


LA CRISTALINA

Aquí, las aguas de esta quebrada, llamada La Cristalina, ya han recogido muchas más aguas que provienen de otras quebradas, de otros riachuelos y de la propia lluvia. La existencia de estas corrientes, todas de saludable belleza, es posible, gracias al generoso universo vegetal, con sus diferentes formas de vida asociadas, que arropan cada rincón de estas cimas tolimenses.


EL ÁRBOL NACIONAL

Nuestro árbol nacional también tiene un lugar en estos parajes de la cuenca alta del río Amoyá. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares de Colombia, la palma de cera no subsiste en estos confines sobre potreros y zonas intervenidas. Por el contrario: su amigo y principal socio para lograr la propagación de sus descendientes, es el bosque andino y todos los seres de vida a los que él les sirve de hogar.