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Posted on mayo 20, 2020 07:19

Carlos Ríos, habitante de la vereda Maza Fonté, destinó su finca a la conservación de la Atelopus lozanoi, una especie endémica que desapareció a comienzos del siglo y que fue reencontrada en 2016 en esta zona de amortiguación del Parque Nacional Chingaza. Con la Estrategia de Conservación de Anfibios, WCS apoyará este empeño comunitario con monitoreos, educación ambiental y proyectos productivos.


En los últimos años del siglo XX, la vida silvestre para la rana Atelopus lozanoi no fue fácil. Luego de multiplicarse con tranquilidad en el Parque Nacional Natural Chingaza y algunos de sus alrededores en el oriente de Cundinamarca, el único lugar del mundo que escogió para habitar (endémica), poco a poco su presencia en esos páramos y bosques andinos escaseó, acosada por los daños ambientales y las enfermedades.

Le sucedió lo mismo que a muchas otras ranas arlequín (el nombre común con el que se agrupa a las Atelopus) en diferentes partes del país y del continente, acosadas por las alteraciones a sus hábitats, la deforestación, la ganadería, la presencia de la trucha arcoíris (especie invasora que se come sus renacuajos),  así como por el hongo quítrido, también conocido como Bd (Batrachochytrium dendrobatidis), que les impide respirar hasta matarlas; todo esto las diezmó hasta reducir sensiblemente sus poblaciones. Ha sido tan dramática la pérdida, que de las 45 especies de ranas Atelopus conocidas y distribuidas en Colombia, al menos 38 perdieron poblaciones.

La A. lozanoi,  envuelta dentro de ese grupo infortunado, desapareció sin dejar rastro entre los años 1998 y finales del año 2000.  


No hay un consenso entre los herpetólogos e investigadores sobre cuál de todas esas amenazas fue la que tuvo mayor impacto en el destino de esta rana que ha mezclado en su cuerpo una serie de tonalidades que tratan de simular una parte del arco iris, y que van desde el amarillo y el café, pasando por el rojizo y el anaranjado. Así como tampoco hay un acuerdo absoluto sobre la razón por la que el 4 de septiembre del 2016, después de casi dos décadas de ausencia, reapareció en zona rural de Choachí, dentro de la vereda Maza y en un terreno de propiedad de Carlos Ríos, un habitante de la zona que desde ese momento, y hasta hoy, se ha transformado en su más férreo protector, apoyado por su familia. Un acontecimiento que, además, ha abierto una esperanza de recuperación para este género tan golpeado entre los anuros.  

Todo comenzó con un abrazo nupcial

Cuando Carlos habla de este tema, a sus 65 años, no puede dejar de recordar que cuando acababa de cumplir la mayoría de edad y pasaba días en la finca de su papá, aledaña al Parque, “la A. lozanoi se veía tanto como si fuera maleza. Por donde usted caminara encontraba una”.

El Libro Rojo de Anfibios de Colombia ratifica esa versión relacionada con su abundancia, al explicar que en los años anteriores a 1989, por ejemplo, en una sola salida de campo, y en unas horas, se podían ver hasta 50 juveniles y 20 ejemplares adultos.

“Mi padre me decía a cada rato: mire, ahí está la mamá cargando al hijo”, relata Carlos. Esto sin saber que el macho, mucho más pequeño que la hembra, se sube sobre ella y la sujeta por debajo de sus extremidades, con la intención de aparearse. También dicen los autores del Libro Rojo que en esos momentos de esplendor, en las décadas de los 80 o 90, en una sola semana podían encontrarse hasta 10 de estas parejas en pleno ‘abrazo nupcial’, como algunos llaman a este momento crucial. Con el paso del tiempo, esas poblaciones pasaron del auge al declive definitivo.

Fotos a una rana muy bonita

Hace unos años, Carlos heredó la finca de su padre, que bautizó ‘El Paramillo’, y creó la organización Maza-Fonté para ofrecer servicios ecoturísticos  en sus terrenos.

“Y precisamente cuando comenzamos a desarrollar ese trabajo, Merilyn Caballero-Arias— profesional de investigación y monitoreo del Parque Nacional Natural Chingaza—, conociendo mi interés por la fauna y en todo el proceso de asesoramiento que nos ofreció para mejorar el trabajo con los visitantes, me mostró unas fotos de la rana y me alertó sobre la importancia que tendría reencontrarla. Ella lo había intentado sin éxito. Casualmente, días después salimos a una caminata que lideraba un biólogo y, cuando estábamos de regreso, casi de noche, él se quedó tomando unas fotos. Le advertí que estaba tarde, que debíamos ir más rápido, pero me dijo que lo esperara, porque había encontrado un animal muy bonito. Días después me mandó algunas de las imágenes y ahí estaba la sorpresa: era la A. lozanoi; así supimos que estaba nuevamente en la zona”.


Desde ese día afortunado del 2016, Carlos la ha visto unas tres veces más en su predio y principalmente en una finca vecina a la suya que le pertenece a un primo, situada en una zona más baja, lejos de sitios intervenidos o  potreros, y donde el bosque andino está mejor conservado. El encuentro más reciente se produjo hace unos 8 meses.

“Es irónico, pero después de observarla tantas veces, ahora pasamos a celebrar cada hallazgo; quisiera  hacer todo lo posible por protegerla”, dice. Y no es una frase de cajón. Es una realidad, porque este hombre de origen campesino y  amante de las ciencias naturales, destinó todas las hectáreas de su predio a la conservación, no solo para darle un respiro a la rana y su recuperación, sino para cuidar el resto de fauna y flora asociada con este terreno ubicado en la zona de amortiguación del área nacional protegida y a poca distancia del páramo. “También vemos osos andinos o rastros de él, venados cola blanca y venados soches, borugos, cusumbos y otros mamíferos pequeños, esto sin contar plantas como orquídeas y frailejones. Después de años sin ganadería y agricultura, la finca se ha recuperado sola, al punto de que los potreros han desaparecido y están cubiertos de vegetación”.

“Carlos y su familia, con el acompañamiento de Parques Nacionales, han buscado intensificar su trabajo ecoturístico, teniendo a la rana como su principal motivación”, explica Merilyn Caballero-Arias, quien cuenta que Parques Nacionales, a través del Parque Nacional Chingaza, ha apoyado técnicamente ese esfuerzo en los últimos años, al que se ha sumado la ‘Estrategia de Conservación de Anfibios’, que lidera WCS Colombia con el apoyo del Zoológico de Zurich y la Fundación Santo Domingo, la cual comenzará a respaldar toda esta labor comunitaria que busca darle un futuro sostenible a la A. lozanoi, bautizada así en honor al profesor de la Universidad Nacional Gustavo Lozano, quien hizo aportes invaluables a la taxonomía botánica colombiana.

“Defenderemos todo este proceso que ha venido avanzado desde hace años, reforzando el monitoreo de esta y otras especies, sumando procesos de educación ambiental con los habitantes y con investigaciones sobre el hongo quítrido”, explicó Gustavo González, herpetólogo de WCS Colombia, quien agregó que también se busca fomentar la restauración, darle un giro a la ganadería y frenar la invasión de la trucha, actividades que perjudican directamente a los anfibios en la zona.

“También queremos hacer acuerdos de conservación con la intención de ejecutar iniciativas productivas entre los pobladores enfocadas al turismo, un tema que ya está avanzando en las comunidades aledañas al Parque Chingaza”, explica González, esto último con el fin de que un sector de la población alcance ingresos adicionales y deje a un lado, poco a poco, aquellas actividades que pueden ser nocivas para su entorno.



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