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Rodrigo Bernal, botánico experto en estas plantas gigantes y longevas, habla de la situación que enfrentan algunas de sus especies en un territorio que las destruye, a pesar de que ofrecen alimento y materias primas para productos industriales, cosméticos y artesanales.


Siempre que se habla de deforestación en Colombia, la atención se concentra en la pérdida de valiosas especies de árboles maderables, muchos de ellos talados y comercializados ilegalmente, principalmente en los departamentos de la Amazonía. Pero en medio de este atentado a la flora nacional, pocas veces se menciona a las  palmas, grupo de plantas que también está afectado por la desaparición constante de porciones de bosques, un problema que, según los más recientes registros del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), se ha extendido en 2018 por 197 mil hectáreas del territorio, una porción similar a la que ocupa el departamento del Quindío. 

Como consecuencia de este crimen ambiental, de las 262 especies de palmas que habitan en nuestro país (número que nos ubica como la segunda nación más diversa del mundo para este tipo de plantas), el 20 por ciento de ellas (54) viven hoy bajo algún grado de amenaza, según el Libro Rojo de Plantas de Colombia. Sin embargo, Rodrigo Bernal, uno de los expertos nacionales para este grupo florístico, va más allá y explica que la tala frecuente de selvas no es lo único que está causando su desaparición. Dice que, además, las está afectando su aprovechamiento inadecuado o poco sostenible, sumado al hecho de que a muchas no se les está dando el valor real que poseen, por lo que se les considera un desecho. Esto ha llevado al país a desaprovechar enormes oportunidades de comercialización a gran escala de productos alimenticios o cosméticos que podrían fabricarse a partir del uso adecuado de muchas de ellas.

Foto: Javier Silva

“Hay palmas silvestres, diferentes a la africana, que tienen un potencial muy importante a nivel económico para el desarrollo de las regiones, pero son destruidas o se aprovechan mal, por lo cual se está perdiendo su potencial comercial o económico”, dice.

Un ejemplo de esto es lo que vive la palma ‘milpesos’ (Oenocarpus bataua), con la que se podría sustituir el aceite de oliva, un producto del que Colombia importa, cada año, cinco mil toneladas, según datos de la consultora multinacional Nielsen.

Para que coman los marranos

Situación similar sucede con la palma de moriche, cuyo fruto, con su alto contenido en vitaminas y carbohidratos, podría complementar la dieta de los colombianos. Incluso, en Perú, por citar un caso, el fruto del Moriche está siendo utilizado masivamente para la venta en mercados locales y en  restaurantes. 

“Solo a una ciudad como Iquitos (ubicada en la Amazonia peruana) llegan cada día 30 toneladas de fruto de moriche desde la zonas rurales, muchas de las cuales se trasladan a Lima. Mientras tanto, en Colombia este producto no se conoce bien más allá de Mitú (Vaupés) o de Leticia (Amazonas)”, comenta Rodrigo. 

Foto: Mauricio "EL PATO" Salcedo

En la selva colombiana, hay muchas hectáreas cubiertas con morichales. Pero esa misma abundancia se está convirtiendo en un enemigo para su subsistencia, porque se tala sin consideración para el autoconsumo o para el uso estrictamente doméstico. Esto pasa porque se piensa que, como sucede con el agua, es un recurso inagotable. “Y localmente ya se está notando su escasez o la necesidad de caminar o desplazarse a mayor distancia para conseguirla”, relata el científico.

La indiferencia colombiana hacia las palmas también se ha concentrado sobre la tamaca o corozo (Acrocomia aculeata), que en Brasil ha sido bautizada como el ‘oro verde’. Esto último por sus beneficios alimenticios y sus condiciones para ser utilizada como un aceite en la cosmética y la oleoquímica (esta rama del conocimiento trabaja con sustancias químicas que son derivadas de las grasas de los animales y de los vegetales). Son tantas las virtudes descritas de la tamaca, que su cultivo fue promovido por el gobierno brasileño para la producción de biodiesel.

Pero en algunos departamentos de Colombia donde crece esta palma (Casanare, Arauca, Huila o Antioquia), sus frutos solo son utilizados para darles de comer a los marranos y a otros animales domésticos. Y como no la usan o no saben su valor, la consideran un estorbo, algo similar a una maleza. Tanto que sus poblaciones están retrocediendo, incluso en la Costa Atlántica, región donde era muy común. 

Exclusivas, pero en máximo riesgo

Foto: Mauricio "EL PATO" Salcedo

A las palmas colombianas también las está perjudicando su distribución, que muchas veces no es muy amplia y por esto son muy vulnerables. Ocurre, por ejemplo, con el género Aiphanes -explica Rodrigo Bernal-, que reúne a cerca de 34 especies que se conocen por ser muy pequeñas y porque solo viven en lugares muy restringidos. “Por eso, cuando la deforestación llega a sus hábitats, las especies también corren el alto riesgo de desaparecer en poco tiempo”. 

Esto último afecta al mararay de San Carlos (Aipbanes leiostachys), que está en peligro crítico de extinción, y que solo habita en una pequeña porción de terrenos situada en San Carlos (Antioquia). Sucede algo similar con el  mararay macanillo, exclusivo de Santander, de  la cordillera Oriental y habitante de un área menor a los 10 kilómetros cuadrados. También aparece en esta lista negra la palma de cera de Sasaima, Ceroxylon sasaimae, que se conoce de unas pocas localidades de Antioquia y Cundinamarca.

A todo lo anterior se suma como una amenaza adicional la introducción de especies foráneas como la palma africana, que ha reemplazado extensas áreas de bosques nativos. El Ministerio de Ambiente ha manifestado que en varias zonas del Magdalena Medio, las pocas palmas americanas de aceite o palmas aceiteras o nolí que sobreviven (Elaeis oleífera - especie que tiene potencial como productora de aceite), se están cruzando espontáneamente con las africanas, generando híbridos entre las dos. Esto viene motivando la extinción de la oleífera y una enorme pérdida para su diversidad genética. Además, hay un hecho no menos grave: que los palmicultores pretenden hacer pasar a la palma africana como especie nativa.

Gorgojo nefasto

Y Bernal informa, además, que a la palma africana está asociada la presencia de una plaga que acaba con frutales y especies ornamentales, llamada picudo (Rhynchophorus palmarum), que es en realidad un gorgojo que ataca el crecimiento de las plantas y, por consiguiente, las mata.

Foto: Carlos Saavedra_WCS

“Los palmicultores de la africana controlan la plaga mediante trampas que instalan en las plantaciones, pero ese control no va más allá de esas zonas. Por eso, los picudos se desplazan a otros sitios y afectan  especies útiles para los campesinos. En Chocó y el Valle del Cauca, por ejemplo, el picudo ha afectado los cultivos de chontaduro”.

De este panorama complicado tampoco se escapa la palma de cera del Quindío (Ceroxylon quindiuense), árbol nacional de Colombia. En el Valle de Cocora (Quindío), su reducto más conocido, no existe ahora una reproducción natural que garantice la regeneración de sus poblaciones. Esto en razón a que el ganado que hay en el lugar se come cualquier individuo juvenil que intente crecer. Es decir: las zonas donde la palma está instalada desde hace décadas, se han potrerizado, lo que impide su continua reproducción. En el Valle de Cocora, la quindiuense está sentenciada.

Pero existe una esperanza para esta especie a kilómetros de allí, en Toche, un corregimiento de Ibagué (Tolima), en una vereda conocida como Tochecito. En ese lugar están los palmares de cera más grandes del mundo, con aproximadamente 600 mil individuos que ahora están siendo protegidos por iniciativas locales que restringen la ganadería y desarrollan, en su reemplazo, empredimientos ecoturísticos. Además, por medio de Parques Nacionales Naturales, se ha promovido la inclusión de esta zona dentro de alguna figura de conservación.

El escenario ideal

Rodrigo Bernal explica qué tan urgente es que el país comience a entender muy pronto, el valor que tienen las palmas. De éstas -sostiene-, se pueden obtener casi 192 usos diferentes a partir de sus troncos, hojas y frutos, los cuales pueden aportar a la construcción, la elaboración de utensilios y herramientas, a temas culturales, uso medicinal y ornamental, así como a la fabricación de artesanías  y combustibles.

Un escenario ideal, comenta el experto, es que para el año 2025 todas las especies sean reconocidas como importantes, las amenazadas se recuperen y las poblaciones en general se manejen de manera sostenible, integradas al desarrollo socioeconómico, como lo planteó hace cuatro años el Primer Plan de Manejo, Uso y Conservación de las Palmas en Colombia, en el que Rodrigo Bernal también participó en su redacción.

Para concluir. Las diferentes clases de palmas que existen conservan la fauna, la flora y los nutrientes del suelo. Además, producen abundante biomasa que captura carbono y suministra alimento a humanos y animales. Es por todo esto, y mucho más, que su conservación está más que justificada.
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