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Posted on septiembre 03, 2020 13:34

A través de llamados únicos y perceptibles al oído humano, el bocachico y el pez moino o comelón avisan a las hembras que están listos para fecundar sus óvulos y asegurar el nacimiento de nuevos peces. La investigación, ejecutada a través de sistemas hidroacústicos por Silvia López Casas, doctora en biología, y Sebastián Muñoz, estudiante de la Universidad de Antioquia, permite tener nuevos argumentos para tomar medidas de conservación para estas especies, vitales en la alimentación de quienes habitan en las riberas de la cuenca Magdalena-Cauca.

Bocachico (Prochilodus magdalenae) 

Parecen ‘cantar’ al unísono. En diferentes sitios del río, como reunidos en un afinado y entrenado coro, un grupo de bocachicos machos lanza una especie de ‘melodía’ para llamar la atención de las hembras. Es como un agasajo para advertir sobre su presencia y anunciar que están listos para reproducirse y fecundar los huevos que todas ellas han estado a punto de arrojar al caudal desde hace días.

Una abeja zumba. Un lobo aúlla. Tal vez un mono chilla. Pero, ¿y un pez? Lo normal es pensar que son seres mudos, que jamás emiten un ruido en particular. Pero, poco a poco, análisis completados a través de hidroacústica (en la que una grabadora de datos suele ir instalada a un micrófono que se sumerge en el agua) y ejecutados en los últimos años, han demostrado que ese silencio aparente de este grupo de vertebrados es solo un dato para nutrir las fábulas.

Silvia López Casas, doctora en biología de la Universidad de Antioquia, experta en ecología, conservación y gestión de pesquerías de agua dulce, e investigadora en The Nature Conservancy (TNC), lo ha demostrado recientemente con un estudio realizado en la cuenca del Magdalena-Cauca, que indica cómo estos peces se comunican e interactúan a través de sonidos específicos y principalmente en las épocas de reproducción.

Pero hay algo más. Ella y Sebastián Muñoz, estudiante de la Universidad de Antioquia, pudieron comprobar que ese canturreo es una condición indiscutible para propagarse. Es decir, si no existiera o no lo hicieran, los bocachicos hembra (Prochilodus magdalenae) no desovarían y los machos no arrojarían su esperma sobre esos huevos para asegurar la fertilización y posterior nacimiento de nuevos peces (reproducción ovípara). “Las vocalizaciones se oyen desde el bote, pero las registramos a través de equipos especializados. Podríamos explicar que al emitir esos sonidos, los machos, de alguna forma, están diciendo: “estamos aquí, listos”, explica. Esto para que las hembras estén seguras de que su desove se va a justificar y tendrá éxito; un ejercicio coordinado porque, al fin y al cabo, son millones de óvulos los que están en juego.

Ellos lograron establecer un comportamiento exacto en el pez moino, también conocido en la cuenca del Magdalena como ‘comelón’ (Megaleporinus muyscorum).

Hidroeléctricas como flagelo

La pareja de investigadores logra este hallazgo luego de recorrer sectores de los ríos Sinú y Nechí, y también piscícolas situadas en Puerto Berrío, Puerto Triunfo y Caucasia (Antioquia), Montería (Córdoba) y Barrancabermeja (Santander), donde también se ven ambas especies.


Y lo consiguen, precisamente, cuando la pesca en la macrocuenca de los ríos Magdalena-Cauca, el área sombrilla del muestreo y que incluyó mediciones en estos dos caudales, está enfrentando una serie de amenazas, no solo por el trato poco sostenible que se le ha dado, sino por el mal uso del recurso pesquero. En esta área, esas fuentes hídricas no solo están presionadas por la sedimentación y los vertimientos de aguas contaminadas desde las ciudades de 36 millones de colombianos y su industria. Adicionalmente, la pesca allí se ha efectuado sin muchos controles y con herramientas que nunca contribuyeron a la sostenibilidad de los recursos, como los trasmallos, que arrastran una gran cantidad de animales desde el fondo, que muchas veces son devueltos muertos al agua. O artes que suelen permitir la extracción de ejemplares muy pequeños o sin las tallas adecuadas. 

A lo que se ha sumado la construcción de hidroeléctricas (desde las ubicadas en esta macrocuenca se produce el 70 por ciento de la energía hidráulica del país) que fragmentan los cursos de los caudales o los dañan, e interrumpen el libre tránsito de sus cerca de 16 especies de peces migratorios como los bagres rayados, blanquillos, doncellas, capaces y barbudos, todos urgidos de hacer largos desplazamientos, dos veces al año y en las temporadas secas o de pocas lluvias, para instalarse en sus sitios de reproducción. Esto con tal de tener las larvas o crías que se transformarán en ejemplares adultos y en la fuente de proteína para las cerca de 157 mil personas asociadas con la pesca en la cuenca.

Se estima que más del 90 por ciento del consumo de peces de agua dulce del país sale de esas 16 especies. Esto a pesar de que la pesca se ha reducido en más de un 50 por ciento en esta gran región hídrica colombiana, según datos de The Nature Conservancy (TNC).

Inspira medidas de conservación

Por eso, conocer este comportamiento de los bocachicos y el comelón o moino es un paso adelante que sustenta la posible aplicación de medidas de conservación en aquellas zonas donde se han detectado esos ‘llamados’ o mensajes sonoros. Además, porque si se quisiera imponer una veda que impida la captura de ejemplares de ambas especies para permitir una reproducción que no esté afectada por jornadas de captura o comercialización, resulta sustancial conocer que si los machos comienzan a ‘cantar’, es señal de que una nueva temporada de desove y reproducción debería ser respetada.

Lo que no ocurre muchas veces con el bagre rayado. Este pez también emite un sonido particular cuando se está reproduciendo (candeleo) y los pescadores nativos del Magdalena Medio, por ejemplo, conocen ese ‘pujido’ y su momento.  Sin embargo, está ocurriendo que las vedas que programa la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP), definidas para todo el mes de mayo, y desde el 15 de septiembre y hasta el 15 de octubre, no están coincidiendo a veces con ese momento, esto por diversos factores como el cambio climático. Y, entre otras cosas, porque ese instante crucial no responde a una fecha calendario, sino a las condiciones ambientales y de alimentación que los bagres pueden llegar a encontrar, como lo ha explicado la Fundación Humedales, a través de sus investigaciones en la región.

Por eso, luego de esos dos momentos de veda, ocurre todo lo contrario a la preservación que se persigue: y es que muchas veces los pescadores dejan de pescar cuando el candeleo no está presente y reanudan sus faenas precisamente en los días de fecundación.

Para el bocachico y el comelón, otra de las sugerencias que arroja este hallazgo sonoro es la posibilidad de que se restrinja el uso de motores en los lugares donde se produce la reproducción de ambas especies, ruido que seguramente interrumpe la comunicación entre machos y hembras. O tomar acciones para controlar la contaminación minera o agrícola, al menos por temporadas, en los sitios donde se desarrolla ese evento reproductivo.

De todas maneras, queda muy claro y planteado que ejercicios con hidroacústica pueden hacerse en muchos sitios del país y con decenas de especies sobre las cuales aún no se conocen detalles de su comportamiento. Es, por ende, una puerta que, como dice López Casas, apenas se está abriendo, esto como una manera de compensar la falta de visibilidad que ofrecen nuestros ríos, muchos de ellos oscuros, turbios y sedimentados. Una tecnología que, en cambio, resuena fuerte y con la cual podríamos seguir comprobando que, en el fondo, y a pesar de todo, esos caudales siguen sobreviviendo.

Bocachico (Prochilodus magdalenae) 

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