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Posted on octubre 05, 2020 10:45

Aunque el comercio ilegal de fauna silvestre en Colombia parte de las zonas rurales, las grandes ciudades no son ajenas a esta problemática. Bogotá, por ejemplo, es un punto clave para que los animales salgan  directo al mercado negro en el exterior, o incluso, sean comprados y destinados a diversos usos en la misma capital. El Programa de Salud de Vida Silvestre y Tráfico Ilegal de Especies, de WCS Colombia, advierte sobre la importancia de entender las dinámicas del comercio de fauna que cuenta con redes criminales cada vez más organizadas.


Basta ir a la plaza de mercado del 20 de Julio, en Bogotá. En plena pandemia por el Cóvid 19, y luego de recorrerla durante algunos minutos, fue posible conseguir algunos canarios costeños. Una pareja de ellos puede costar hasta 100 mil pesos. En otra plaza, la del barrio Galán, se ofrecían loras entre 80 mil y 100 mil pesos la pareja. La persona que las vendía decía que estas aves suelen cazarlas en una zona cerca de Cáqueza (Cundinamarca), una localidad situada a una hora y media de la ciudad.

Las autoridades se esfuerzan por hacer controles para evitar la comercialización ilegal de animales silvestres, pero su tráfico, como lo demuestra ese comercio soterrado que avanza en medio de la distribución de alimentos básicos, pareciera un virus que se cuela por cualquier rendija y sigue exhibiéndose en diferentes puntos de la capital.

Aves, tortugas, ranas, entre otros, siguen acaparándose en la urbe, como si esta fuera, de alguna manera, un centro de acopio de individuos destinados a ser subastados.

“Sin lugar a dudas, las ciudades principales como el caso de Bogotá son trampolines para que animales silvestres extraídos de nuestra biodiversidad lleguen ilegalmente al extranjero. Pero, además, para que ingresen al país animales exóticos, es decir, especies de otras latitudes, como ocurre con el ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum), una situación que puede traer serias afectaciones  para los ecosistemas”, explica el biólogo Andrés Balcázar, profesional y experto del Programa de Salud de Vida Silvestre y Tráfico Ilegal de Especies, de WCS Colombia, una iniciativa que está advirtiendo sobre la importancia de entender las dinámicas del comercio de fauna, liderado por redes criminales cada vez más organizadas.

Dice el experto que en todo este drama ambiental, la capital asume dos roles: uno de ellos es su facilidad para ser centro de comercialización para compradores locales, que adquieren los animales principalmente para tenerlos como mascotas.

“Esto no es nuevo, pero es una actividad que ha venido aumentando”, agrega. Y explica que es un comercio que ha mutado y ha pasado de la ostentación a ser una actividad de muy bajo perfil. Porque hasta hace algunos años podían conseguirse fácilmente, y en esas mismas plazas de mercado, monos u aves exóticas, o se podían encargar por catálogo grandes mamíferos como tigrillos y jaguares. Ahora toda esta actividad es más disimulada.

Carolina Urrutia, secretaria Distrital de Ambiente, advierte que su administración está liderando una revolución que busca frenar ese comercio e impedir, dice ella, la venta de animales silvestres en mercados y al aire libre. 

“En muchos puntos de la ciudad, como la plaza de mercado de El Restrepo, ya no se está permitiendo. En las plazas teníamos un área gris frente a la problemática, sobre todo en términos policiales, pero ya alcanzamos un acuerdo entre la autoridad, el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal y las secretarías de Desarrollo Económico y de Gobierno”, añade Urrutia.

Sin embargo, el fenómeno sigue transitando con la comercialización ilícita de animales, parte de los cuales se transforman en mascota. Este último factor es otro de los grandes retos que enfrenta la ciudad, porque demuestra la falta de conciencia de la ciudadanía.

Así lo explica Urrutia, quien indica que desde la Secretaría Distrital de Ambiente solo este año han rescatado 2.600 animales silvestres. “Por eso, hay que seguir trabajando desde la comunicación y la educación, para que la gente entienda que las especies deben estar en su hábitat”.

El otro rol de Bogotá frente al tráfico

Mientras tanto, aparece el otro rol que asume la metrópoli: el de ser zona de recepción de los animales y punto de enlace para ser llevados al extranjero. Las calles se convierten entonces en sitio de tránsito de las especies hacia el exterior.

Un ejemplo de ello ocurrió en 2019, en el aeropuerto El Dorado, de Bogotá, cuando las autoridades incautaron 424 ranas  venenosas transportadas en frascos para rollos de fotografía, de las especies Oophaga lehmanni  y Oophaga histriónica, esta última llamada arlequín por los colores que combina en su cuerpo, y que iban con destino a Brasil y posteriormente a Europa. En 2018 fueron descubiertas otras 216 ranas venenosas que iban a ser trasladadas de la misma forma, entre las que también se encontraban individuos de las especies Oophaga histriónica, Oophaga lehmanni  y de la rana kiki (Oophaga selvática), que los traficantes buscaban introducir en Europa o Asia para ser vendidos de forma ilícita, o incluso ‘legalmente’, en ferias comerciales de mascotas.


Hay un lugar que puede ser un termómetro de la intensidad de este problema ambiental y donde se mide de alguna manera su impacto en la ciudad. Y es la Unidad de Rescate y Rehabilitación de Animales Silvestres (URRAS), de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad  Nacional de Colombia. Allí, anualmente, llegan en promedio 250 animales silvestres,  de los cuales alrededor de un 20 por ciento provienen de operativos de decomiso por tráfico (aves, mamíferos y reptiles) realizados por las autoridades. Los restantes corresponden a rescates.

De esos 250 especímenes, solo el 30 por ciento logra retornar a su hábitat y otro 30 por ciento muere a causa de las secuelas que les dejan el cautiverio.

Carlos Alfonso Moreno, médico veterinario, profesor de la Universidad Nacional de Colombia y  coordinador de URRAS, considera que el comercio irregular es un problema muy complejo que no pierde fuerza. “Es fácil deducir que este crece cuando, por ejemplo, se ven loras y otros animales propios de climas cálidos abandonados en los parques y humedales de la ciudad”, explica.

Por ello, Balcázar aclara algo más y es que no basta el accionar policial. Sigue siendo fundamental la generación de una conciencia colectiva que ayude a frenar la problemática. “El día en que la gente entienda el daño que se le hace al medio ambiente al comprar un animal a un traficante, para tenerlo como mascota en su vivienda, tal vez en ese momento podremos detener parte de ese delito”, concluye.


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