Tras décadas de deforestación, ganadería y cultivos que degradaron los bosques y las fuentes de agua en la cuenca alta del río Saldaña, en el Tolima, investigadores y campesinos trabajan para recuperar sus ecosistemas. Mediante la suscripción de acuerdos de conservación, la restauración de bosques ribereños y la implementación de prácticas productivas más sostenibles, se busca recuperar funciones ecológicas clave sin comprometer los medios de vida locales.
Foto: Río Saldaña una Cuenca de Vida
Por: Jacobo Patiño Giraldo
Hace cientos de años, las laderas de las cordilleras colombianas estaban cubiertas de bosques andinos, altoandinos y páramos que, como esponjas gigantes, recogían la humedad de las nubes y la derramaban sobre la tierra, formando quebradas que se fundían en arroyos que se abrían paso entre las montañas.
Con el tiempo, llegaron las personas, las vacas y los cultivos, y con ellos el paisaje cambió. Aunque aún quedan trazos del bosque original, algunos fragmentados y, en muchos sitios de la región andina, ocupan pequeños espacios en comparación con los potreros y sembradíos que los rodean.
Las subcuencas Amoyá, Alto Saldaña y Cucuana, que forman parte de la cuenca alta del río Saldaña, en el departamento del Tolima, han corrido una suerte similar. Décadas de prácticas insostenibles que desplazaron la biodiversidad, degradaron sus ecosistemas y debilitaron los servicios que estos proveen.
Una historia de fragmentación
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la pérdida de hábitats y los cambios en el uso del suelo —es decir, la conversión de ecosistemas naturales a espacios de uso humano— son una de las principales amenazas a la biodiversidad mundial. Y la cuenca alta del río Saldaña no ha sido la excepción, según lo explica William Bravo, biólogo y especialista en restauración de WCS Colombia.
“Desde la época en que las personas empezaron a colonizar estas montañas, también comenzaron a abrir potreros para la ganadería. La expansión de la frontera agrícola ha sido uno de los principales motores de deterioro que ha afectado a este lugar”, concluye el especialista. La situación, además de restarle oportunidades a la biodiversidad, termina por empobrecer los suelos y alterar los ciclos naturales del agua, repercutiendo, también, en los modos de vida de los campesinos.
Y a ese panorama, el propio William le suma otra variable no menos compleja: la de los cultivos ilícitos. “Hace muchísimos años, el Cañón de las Hermosas -que es formado por el río Amoyá en su vertiginoso descenso por la vertiente oriental de la cordillera Central-, atestiguó la bonanza de la amapola, cultivo que destruyó muchísimas hectáreas de bosque”, lo que no solo afectó a esas coberturas andinas, sino, además, a los servicios ambientales derivados de ellas, incluyendo el agua.
Restauración ecológica
“Esa palabra puede tener varias definiciones. En un sentido estricto, busca que los ecosistemas vuelvan a ser exactamente iguales a los que había originalmente (con su misma estructura, las mismas especies y cumpliendo las mismas funciones), propósito que toma muchos años para que vuelva a ocurrir y que puede llegar a ser muy costoso.
Pero bajo otra mirada, “la restauración también puede consistir en tratar de recuperar algunos de los componentes de aquellas estructuras naturales que existieron en el pasado, de tal manera que éstas puedan cumplir buena parte de sus funciones en pro de la biodiversidad y de la gente”, explica Leonor Valenzuela, doctora en ecología y coordinadora de análisis y síntesis de WCS Colombia.
Es esta segunda definición la que ha estado orientando los esfuerzos que se han venido llevando a cabo en la cuenca alta del Saldaña para restaurar, principalmente, los bosques que rodean las fuentes hídricas. “Estos bosques cumplen una función muy importante. Primero, porque son el hábitat de muchas especies de aves, mamíferos y otros animales, y también porque contribuyen a la regulación del agua y a la protección de los organismos que viven en ella”, añade la investigadora.
Foto: Germán Bermal / WCS Colombia
Entonces, un primer paso asociado a esta otra forma de ver la restauración es suscribir acuerdos voluntarios de conservación con los dueños de los predios. En ellos, los propietarios se comprometen a destinar áreas de sus fincas para las siembras. Luego, se hace un diagnóstico del estado del lugar y se ofrece una asesoría que invita al dueño a modificar su modelo de producción para volverlo más amigable con el medio ambiente.
“Se hacen, por ejemplo, proyecciones para las futuras divisiones de potreros, manejo adecuado de las pasturas, o también de aislamiento, de tal manera que el ganado no pise zonas de interés como bosques, nacimientos de agua y bordes de ríos. La idea es buscar un consenso con los dueños de los predios para que sea un gana-gana”, describe William Bravo.
Una vez se logra suscribir el acuerdo de conservación, el siguiente paso es evitar que el ecosistema se siga degradando. Y esto se consigue aislando los factores “tensionantes”, es decir, colocando cercas alrededor de la zona a conservar para que los animales domésticos no entren y pueda darse inicio al proceso de restauración.
Foto: Germán Bernal /WCS Colombia
“Lo que se hace inicialmente es tomar una referencia o una muestra de la composición de especies vegetales que más predominan en los bosques nativos cercanos a los predios, y a partir de eso buscamos especies similares, priorizando siempre las nativas”. Así lo explica Michelle Barragán, ingeniera forestal que trabaja para la alianza Río Saldaña, Una cuenca de vida*. “Con esas muestras -añade- iniciamos la propagación de las plantas en el vivero. Y cuando ya están listas, las sembramos en las fincas.
Es un proceso que no es fácil, y que requiere -por ejemplo- una ardua búsqueda en los bosques para encontrar semillas y plántulas en buen estado, es decir, que tengan la mayor probabilidad de convertirse en árboles saludables. “Hay dos formas de propagación, la sexual, que implica seleccionar semillas y evaluar su calidad, y la otra es por rescate, que significa buscar árboles con muchas plántulas en su base, como si fueran hijos. Una parte de estas plántulas se recogen, se llevan al vivero y se embolsan. En ambos casos les damos las condiciones apropiadas de humedad y nutrientes”, agrega.
Sin embargo, Michelle advierte que ha sido un ejercicio de ensayo y error. La rareza de las plantas, la falta de información y su condición de ser especies amenazadas, hacen muy difícil lograr su propagación en el vivero. “El hecho de que muchas de estas especies sean muy escasas limita conseguir semillas y plántulas, y también implica buscar más y hacer un mayor esfuerzo. Por otro lado, como no son plantas domésticas, hay muy poca información sobre cómo propagarlas. Entonces, hemos tenido que aprender cómo se comporta cada especie en los distintos sitios donde son ubicadas, lo que nos da un panorama de qué se puede sembrar y en dónde.”
Foto: Río Saldaña una Cuenca de Vida
En este esfuerzo restaurativo, el apoyo de la Fundación Franklinia ha sido fundamental para poder trabajar con especies de plantas amenazadas. “En ese caso específico, tenemos, por ejemplo, al cedro de montaña, el cedro negro, la palma de cera y tres especies de pinos colombianos”, cuenta Barragán.
Varias estrategias
Pero la restauración es solo una parte del proceso. Investigadores y propietarios también le apuestan a implementar sistemas silvopastoriles en los cuales los pastos que alimentan al ganado se alternan con especies de árboles que ayudan a mantener la biodiversidad y evitan la degradación del suelo.
Adicionalmente, se siembran plántulas en bosques que, si bien aún existen, también fueron intervenidos en algún momento de su historia reciente o lejana. “A esos lugares los hemos enriquecido con especies principalmente amenazadas para aumentar la diversidad dentro de ellos”, concluye Michelle.
Foto: Río Saldaña una Cuenca de Vida
Y aunque todas estas acciones son importantes y necesarias, lo cierto es que la restauración solo puede ser efectiva si persiste en el tiempo. Por eso, es fundamental que las personas que habitan el territorio cuenten con las herramientas necesarias para que sus predios continúen siendo, a largo plazo, refugios de la biodiversidad.
“Hemos trabajado mucho con colegios, y con otros actores para crear más conciencia sobre estos temas. Es mediante la educación como podemos lograr esta sostenibilidad a largo plazo”, afirma Selene Torres, bióloga y líder de restauración para WCS en Colombia.
En paralelo, apostarle a esa sostenibilidad también significa llevar a cabo un monitoreo riguroso que permita verificar la supervivencia de las especies, su crecimiento, y que el ecosistema esté prestando sus funciones naturales. Según Torres, “una vez se establecen las estrategias [de restauración], se hace seguimiento para determinar cuál es el porcentaje de supervivencia por especie y cuáles son sus principales afectaciones”.
Foto: Río Saldaña una Cuenca de Vida
Y añade: “también medimos el desarrollo de las siembras, incluyendo cuánto han crecido las plantas en un año o cómo se ha reactivado la regeneración natural del ecosistema con la llegada de aquellas que no sembramos, sino que colonizaron un espacio por sí solas y gracias a la salida de los tensionantes.”
Estos procesos de restauración no han estado exentos de retos. Ciertas especies son escasas y difíciles de propagar, y hacer el seguimiento a tantos predios consume tiempo y recursos. “Revisar todo lo que se siembra es complejo, y aunque los propietarios están muy interesados, hacer eso por cuenta propia les quita mucho tiempo”, expresa Valenzuela.
Además, según Torres, acordar qué áreas serán dedicadas a la restauración llega a ser difícil en la medida en que puede entrar en conflicto con los modos de vida de los campesinos. “Hay personas que lo ven como una pérdida de área productiva, entonces esto también dificulta las cosas, porque a veces nos limita a trabajar en áreas pequeñas en cada predio”.
Para William Bravo, uno de los mayores retos ha sido poder cautivar a las personas y convencerlas de participar en esta idea. “A veces pasa que llegan proyectos nuevos a un territorio donde ya ha habido otros que en algunos casos cumplieron lo que prometieron y en otros no. Entonces, las regiones cargan con esos sinsabores o esos éxitos del pasado, por lo que la expectativa en el presente puede ser o nula o muy alta.”
No obstante, todos los expertos coinciden en que las experiencias de restauración hasta ahora vividas en la cuenca alta del río Saldaña han sido muy positivas. El crecimiento de las plantas, el regreso de la fauna y la disposición de la gente les dan esperanza sobre el futuro ambiental de la cuenca.
“El hecho de lograr trabajar con las personas, que liberen áreas para restaurar y que las mantengan, es una ganancia muy grande. Incluso, el trabajo con niños ha sido muy exitoso, y si tú sumas el esfuerzo de cada finca, eso sí o sí tiene un impacto, tanto en conciencia como en la manera en la que el paisaje va a tomar forma en el futuro”, opina Torres.
De hecho, los datos respaldan ese planteamiento. Según la alianza Río Saldaña, una Cuenca de Vida, en las subcuencas Amoyá, Alto Saldaña y Cucuana se han restaurado 220 hectáreas, se están protegiendo 5847 gracias a los acuerdos de conservación o por medio de las Reservas Naturales de la Sociedad Civil (RNSC). Además, se han sembrado casi 50.000 plantas pertenecientes a 45 especies, 5 de las cuales son amenazadas.
Por consiguiente, hoy no cabe la menor duda de que gracias a la restauración, la parte alta de ese importante cauce tolimense está recuperando algo de ese verde abundante que otrora la vistió, pero esta vez, acompañado de personas que velan por la salud del lugar esperando más y más bondades de su biodiversidad.
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*Río Saldaña – Una cuenca de vida es una alianza público-privada entre Parques Nacionales Naturales de Colombia, Cortolima, Fundación Grupo Argos, Concretos Argos y WCS con el apoyo de Fundación Franklinia y APC Colombia.