Los acuerdos de conservación pueden permitir que especies que habían desaparecido de algunos predios vuelvan a ocuparlos. Esto lo demuestran las mediciones que el Proyecto Vida Silvestre realizó al paujil de pico azul y al mono araña en sectores de Yondó (Antioquia) y Cimitarra (Santander), en el Magdalena Medio. Ambas especies, En Peligro Crítico de Extinción, mostraron un aumento importante en su presencia, en aquellos terrenos destinados por sus propietarios a la preservación.
Foto: "EL PATO" Salcedo / WCS Colombia
Por Javier Silva
El paujil de pico azul (Crax alberti) y el choibo, conocido como mono araña café o marimonda del Magdalena (Ateles hybridus), tienen algo más en común que esos bosques del Magdalena Medio donde habitan: ambas especies están catalogadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) En Peligro Crítico de Extinción.
Tanto el paujil como el choibo sufren por prácticas humanas similares y poco responsables: la deforestación de sus ecosistemas (para ampliar la frontera agrícola o avanzar en la urbanización) y la cacería de ejemplares.
Del paujil de pico azul, una especie que solo se ve en Colombia (endémica), especialmente en la Sierra Nevada de Santa Marta y en la cuenca baja del río Magdalena, la UICN dice que el tamaño total de su población es reducido, pues solo quedarían un poco más de mil individuos adultos. Y esa disminución de la especie parece ir a un ritmo mucho más intenso que la pérdida del bosque donde vive, precisamente por la captura ilegal de ejemplares para consumir su carne. Incluso, y por años, hubo un mito que decía que el ave acumulaba pequeñas partículas de oro en su garganta, lo que también llevó a muchos a capturarla.
La situación del mono araña no es muy diferente: sus poblaciones se han reducido en un 80 por ciento por la pérdida de su hábitat, según la UICN. Y muchos de ellos son buscados y apresados para consumir su carne o para traficarlos. Está incluido en la lista de los 25 primates más amenazados del mundo.
En medio de este panorama, sin embargo, hay señales que permiten mirar el futuro con algo más de optimismo. Y una de ellas aparece en el Magdalena Medio, donde trabaja el Proyecto Vida Silvestre (PVS)*.
Varias mediciones establecieron que, con la decisión de los dueños de fincas situadas entre Yondó (Antioquia) y Cimitarra (Santander) de comprometerse a cuidar porciones de bosques dentro de sus predios (un pacto que en el PVS se denomina acuerdo de conservación), la presencia de ambas especies aumentó.
Entre menos cacería, más paujiles
El PVS comenzó a trabajar en este sector en el 2014. Y desde esos momentos, según las primeras cifras obtenidas, cuando se analizaba un bosque de 100 hectáreas, el paujil podía observarse en el 8 por ciento de ese bosque.
Foto: "EL PATO" Salcedo / WCS Colombia
Con la adopción de los acuerdos de conservación, ese porcentaje se incrementó. Y en el 2016, la presencia de esta ave podía comprobarse en el 19 por ciento de esa misma cobertura boscosa. En el 2017, ese porcentaje ya era del 32 por ciento y desde el 2020 supera el 34 por ciento. Los datos son muy elocuentes.
El paujil de pico azul habita generalmente en bosques firmes, en muy buen estado y no inundables. Y es muy sensible a la cacería. Por eso, suele desaparecer cuando percibe la presencia de grupos humanos en un territorio determinado. Pero, es capaz de regresar a ese mismo lugar cuando la amenaza desaparece. Entonces, no solo hay más paujiles en donde hay menos personas o asentamientos humanos.
De hecho, es igualmente notable su retorno a zonas que había abandonado frente a la amenaza. A medida que estos territorios son protegidos, el paujil los recoloniza, proceso que, precisamente, la ecología llama así: colonización.
—La colonización aumenta en cuanto se incrementan las áreas bajo conservación—, dice Leonor Valenzuela, coordinadora de Análisis y Síntesis de WCS Colombia. Ella explica que, en ese mismo sentido, en el 56 por ciento de los predios en donde sus propietarios no habían vuelto a ver al paujil, el ave regresó luego de que ellos firmaron acuerdos. Hoy, en la zona hay 18 mil hectáreas conservadas bajo este manejo.
Este resultado coincide con una de las principales conclusiones de las investigaciones realizadas por el PVS: en el Magdalena Medio, los acuerdos ejecutados hasta finales de 2024 aumentaron la probabilidad de que algunas especies colonizaran nuevamente los predios y redujeron la probabilidad de que desaparecieran de ellos.
Y además, afianza el hecho de que si los individuos del paujil que aún sobreviven en los mayores remanentes de bosque de Yondó dejan de ser cazados, la especie podría mantener una opción de supervivencia mayor a los 100 años, como lo concluye un estudio elaborado por profesionales de WCS titulado ‘Evaluación de estrategias alternativas de conservación para el paujil de pico azul en el Valle Medio del Magdalena’, publicado en la revista especializada Oryx.
Al proteger al choibo se protegen muchas otras especies
Y aunque el efecto fue especialmente evidente en el paujil de pico azul, con el choibo las cifras también son positivas. Esta especie requiere un bosque en buen estado, pero principalmente árboles altos que le permitan desplazarse por el dosel y agruparse entre individuos.
Foto: "EL PATO" Salcedo / WCS Colombia
Entre 2014 y 2015, por cada 100 hectáreas revisadas, solo en el 15 por ciento de ellas había el también llamado mono araña.
Pero, desde que se comenzaron a firmar acuerdos de conservación, en el 2016 ese porcentaje subió al 34 por ciento; en el 2017 fue superior al 56 por ciento, y desde el 2020 supera el 65 por ciento.
El primate también volvió a más de la mitad de las fincas que tenían acuerdos. En cambio, la colonización o el regreso de paujiles y monos araña a predios que no estuvieron vinculados a esos compromisos de conservación, nunca superó el 10 por ciento.
Una de las conclusiones más relevantes de este ejercicio, recogida en una investigación de Germán Forero, subdirector científico de WCS, Leonor Valenzuela y Carlos Saavedra, coordinador de Especies de la entidad, titulada ‘Las especies paisaje como estrategia de conservación de la biodiversidad: evaluación cuantitativa de su efectividad’, es que los acuerdos, además, pueden modificar simultáneamente varias de las presiones que amenazan a la fauna: reducen la cacería, protegen sectores de bosques y favorecen su restauración. Por eso, sus efectos pueden ir más allá de una especie determinada.
Entonces, las especies beneficiadas no necesariamente son aquellas que motivaron inicialmente las acciones de conservación. Algunas que no eran el objetivo principal también responden positivamente. Es decir: —proteger el bosque que necesita el paujil o el mono araña puede terminar favoreciendo a buena parte de la fauna que comparte ese territorio—, indica la publicación.
Algunos de estos resultados se lograron gracias a la información de la instalación de cámaras trampa y con el diseño de transectos de 700 kilómetros, en medio de los cuales se analizaron extensiones de aproximadamente 100 hectáreas. Estos logros se obtuvieron con la participación de las organizaciones Fundación Biodiversa Colombia y la Fundación Proyecto Primates.
Preservar y producir, dos acciones que pueden coexistir
A los acuerdos de conservación se sumó la restauración de corredores ecológicos donde el bosque había quedado fragmentado por la transformación del territorio, principalmente por la ganadería.
Algunas de las conclusiones de ese trabajo, liderado por Selene Torres, líder de Restauración Ecológica de WCS, fueron recogidas en el artículo ‘Corredores en paisajes altamente fragmentados: reconectando poblaciones del mono araña café (Ateles hybridus), en peligro crítico de extinción, y vertebrados terrestres simpátricos en los bosques lluviosos de tierras bajas del centro de Colombia’, publicado en la revista Restoration Ecology.
Foto: María Angélica Hernández / WCS Colombia
Dice la investigación que en el Magdalena Medio se establecieron 10 corredores que ocupaban unas 15 hectáreas en restauración, y cuya ubicación estratégica buscaba conectar cerca de 1.000 hectáreas de bosque. Esto permitió saber que no siempre es necesario recuperar grandes extensiones para volver a conectar un paisaje; algunas franjas, estratégicamente ubicadas y seleccionadas, pueden funcionar como rutas para determinados animales.
Con la ayuda de cámaras trampa instaladas en los corredores se registraron 21 de las 32 especies de vertebrados observadas en los bosques de referencia. Entre ellas había mamíferos y aves de tamaño mediano y grande. En el caso del mono araña, la restauración buscaba, precisamente, recuperar las conexiones en el entorno que habían quedado aisladas.
En este punto de la historia se produjo otro resultado importante: los corredores, luego de cuatro o cinco años de existencia, ya no presentaban diferencias estructurales significativas frente a los bosques de referencia. Esto indica que, bajo determinadas condiciones en el Magdalena Medio, la estructura de un bosque puede recuperarse en un periodo relativamente corto.
En esa misma línea, los investigadores plantean que la restauración de corredores puede aumentar la resiliencia de la fauna y recuperar la conectividad, sin que esto vaya en detrimento o comprometa los sistemas productivos. No se trata de escoger entre conservación y producción, sino de rediseñar el paisaje para que ambas actividades puedan coexistir.
–Queda demostrado que el trabajo con los dueños de fincas y con las comunidades, basado en la buena voluntad y en el convencimiento de las personas, vale la pena. Los resultados son impactantes en el buen sentido y demuestran que sí es posible generar los cambios que se necesitan—, opina Leonor Valenzuela.
Algunas de las fincas que participaron como firmantes de los acuerdos fueron El Silencio, San Bartolo y Lucitania. A partir de este año, el PVS extenderá este ejercicio a otras zonas rurales de Yondó y Cimitarra, para seguir apoyando la subsistencia de las especies. La apuesta es muy evidente: dejar de perseguirlas, conservar el bosque que aún permanece y permitir que aquellas que alguna vez lo abandonaron, puedan regresar.*
* El Proyecto Vida Silvestre, iniciativa liderada por Ecopetrol, Fondo Acción y WCS Colombia, trabaja por la conservación de 15 especies (doce de fauna y tres de flora). Lo hace en tres paisajes: los Llanos Orientales, el Magdalena Medio y el piedemonte Andino-Amazónico (Putumayo).